|
Desde pequeño había coleccionado todo lo que era coleccionable. Los cromos y los sellos eran "pecata minuta" para él. Su colección de caballos, que otros llamaban "cuadras" era famosa, su colección de toros, a los que llamaban "ganadería" era de las más conocidas y la de autos, a la que llamaban "escudería" muy a pesar suyo, y la de…
Como la suerte había querido que la fortuna de sus padres fuera considerable, encapricharse por tener colecciones de cosas caras no había sido nunca un problema y nada le limitaba. La colección de alhajas, la de casas alrededor del mundo, la de barcos… Y la de mujeres, claro.
Como cada enero se trasladó a su casa de Kuala Lumpur. En su jet particular, y con su maletín cuadrado sobre sus rodillas durante todo el viaje. En aquella casa guardaba su más preciada colección, a la que sumaba una pieza casa año.
Nada más llegar se dirigió a la cámara acorazada que la protegía y después de marcar la combinación en aquella enorme puerta de acero, entró en ella. Una única estantería en el centro de la estancia contenía su más preciada colección. Con parsimonia, como si de un ritual se tratara, abrió la cartera de piel que tanto había cuidado y sacando la cabeza de dentro la colocó al lado de las otras nueve. Era su décima mujer.
|